Entre sus palabras había magia, su mirada: misterio.
Y su alma…
verdad.
Qué placer fue entrevistar a tal bello humano. En esta ocasión, Eva nos trasladó a un mundo donde la lucidez se mezcla con la ternura, donde el pensamiento afilado danza con la pasión por la vida.
Eva abre el portal con una reflexión que quiebra el alma: “Cuanto más sabes, más comprendes lo ignorante que fuiste”.
Una frase que resuena como un eco socrático en medio del ruido digital. Para ella, saber es dudar, es vivir con los ojos abiertos aunque escueza la luz. Y escribir… escribir es fundirse con el universo que se lleva dentro.
Ser fanática de la propia historia, perderse 24 horas entre voces internas y escenas invisibles. Sus rituales son íntimos: el silencio, un paseo entre bosques, la observación de lo pequeño, como una ardilla que se detiene entre hojas secas.
Lejos del cinismo, defiende con firmeza a las nuevas generaciones: «la juventud es la que más lee».
En TikTok e Instagram brotan comunidades que celebran los libros, los escriben, los comparten. Eva lo grita con orgullo: hay hambre de letras, hay sed de verdad.
Y mientras muchos se ríen de Wikipedia, ella la llama por su nombre: «la hostia». La información está ahí, viva.
Y el periódico, sí, aún respira —en tinta o en píxel— y no desaparecerá mientras haya alguien que busque comprender. Desde entonces, sabe que la vida es lucha, búsqueda, insistencia.
Del amor habla sin romanticismos baratos: “todo cambia”, como ese río del filósofo. Y aun así, cree. Cree en lo eterno, en lo que perdura pese a las tormentas.
Denuncia la comedia sin gracia del “circo de los diputados”, esa parodia constante de lo que alguna vez fue noble. Habla con tristeza del político que soñó ser útil y terminó devorado por la corrupción.
Pedro Sánchez, al que un día admiró como animal político, ahora le genera contradicción.
¿Dónde quedó la coherencia de aquella moción de censura de 2018?
La tolerancia hacia el fascismo en España la perturba: “En Alemania no lo permitirían. Aquí, aún se aplaude”. El dolor de una dictadura no se olvida; banalizarla es repetirla.
Le duele ver cómo muchos prefieren conversar con una máquina antes que con un ser amado. Y culpa a este sistema dopado de cortisol del estrés crónico que carcome nuestras horas. Redes, estímulos, ruido: el alma ya no respira.
Para Eva, la fantasía es el género más puro y más libre. Le devolvió la fe, le recordó que se puede volar sin moverse del sitio.
“El nombre del viento” fue su herida luminosa, su retorno a la magia.
Como periodista, defiende el rigor, la verificación, la ética. Aunque se equivoquen, los medios tienen un norte: buscar la verdad.
Y para finalizar nos cuenta que tiene la escritura como salvación, sabiendo que escribir duele, exige.
Habla del final de un libro como el cruce de un desierto donde la autocrítica arrasa y el perfeccionismo acecha.
Pero insiste:
“No te rindas. Sé fan de tu historia. La inspiración llega trabajando”.
