Su presencia es una sacudida, su palabra una llamarada. 

Qué placer fue entrevistar a un ser como Javier Salinas Ramos. Su presencia es una sacudida, su palabra una llamarada. En esta ocasión, nos arrastró sin permiso a otro mundo: uno donde la cultura se defiende con uñas, donde el periodismo aún sangra verdad, y donde Cartagena —esa ciudad rota y hermosa— late en cada uno de sus silencios.

«Entre sus palabras había magia, su mirada misterio y su alma… una verdad desnuda.»

En el pequeño templo de las ideas, en el 78 Estudio, nos habló sin adornos del hedor de un sistema muerto, de la podredumbre que se esconde tras los focos de los eventos culturales amañados. Denunció, sin miedo, cómo la cultura se subvenciona solo si bailas al ritmo correcto. Y él, que nunca quiso aprender la coreografía de los complacientes, camina solo.

«No pillo cacho porque no tengo dueño», dejó caer entre risas secas.

Y así, con la serenidad de quien ya lo ha perdido todo, apuntó a la médula: la cultura está secuestrada.

En Malbec Ediciones —ese milagro de tinta y resistencia que fundó con sus propias cicatrices— lleva siete años luchando contra el silencio institucional. Sin subvenciones. Sin palmaditas en la espalda. Solo libros, verdad y una fe ciega en los autores que aún creen en algo más que en el algoritmo.

«Cuando uno no tiene nada, no tiene nada que perder»,

y ahí está su fuerza: en el abismo.

Critica sin rodeos el teatro político que abandona a Cartagena, que no compra ni a sus propios cronistas, que ignora al editor local pero aplaude lo importado. Sus palabras no buscan aliados: buscan despertarte.

Nos habló también del virus y del velo que se descorrió con él. De la manipulación, del orden global que avanza sin rostro. De la agenda que viene —la famosa 2030—, y del libro que está escribiendo para dejar constancia de lo que nadie quiere contar. Porque eso hace: escribir lo que duele, decir lo que se calla.

Para él, la muerte está siempre cerca, pero no por eso deja de luchar. Porque la literatura, como el amor y la dignidad, solo tiene sentido cuando se defiende hasta el último aliento. Y Salinas Ramos lo hace, día tras día, libro tras libro, verdad tras verdad.

«Disculpad la osadía, pero aquí está Malbec y aquí estoy yo.»

Y qué suerte la nuestra de haberlo tenido tan cerca.

Pregunta, silencio, respuesta.

Y entre todo eso…

verdad.

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