… un mundo caótico, rápido, productivo hasta la extenuación, pero cada vez más vacío de alma.
Qué placer fue entrevistar a tal bello humano.
En esta ocasión, fue Yanira Carrillo quien nos trasladó a otro mundo, uno donde la música no se escucha, sino que se respira. Donde el arte no se explica, se encarna. Y donde cada palabra pronunciada parece flotar en un aire más denso, más íntimo, como si el tiempo se hubiera detenido solo para escucharla.
El encuentro tuvo lugar en el imponente Teatro Romano de Cartagena, ese coloso de piedra dormida que, por unos instantes, volvió a despertar al compás de una conversación que fue mucho más que una entrevista. Yanira, con la delicadeza de quien ha conocido el silencio y lo ha vuelto melodía, nos recibió en el centro mismo de su universo sensible. «Es un lugar mágico», dijo. Pero ese día, la magia no estaba en las ruinas: estaba en ella.
Entre sus palabras había magia, su mirada era misterio, y su alma, pura verdad. Sin disfraces, sin máscaras, sin discursos preparados. Solo verdad. Nos habló de su infancia, de su padre y de un pequeño tecladito que marcó el inicio de su vocación.
Nos confesó que su madre le ponía música clásica cuando aún no había nacido, como si el arte ya le hubiera sido susurrado antes de llegar al mundo. Y quizá por eso, al oírla hablar de la música, uno tiene la sensación de estar escuchando a alguien que no la aprendió, sino que nació con ella.
Nos habló, sin miedo, del mundo que le duele: un mundo caótico, rápido, productivo hasta la extenuación, pero cada vez más vacío de alma. Dijo que el arte es un acto de resistencia, una forma de espiritualidad, y que sin él, la vida sería un error. Y mientras la tarde caía sobre las gradas de piedra, su voz parecía convertirse en melodía. Así fue transcurriendo el momento magistral: pregunta, silencio, respuesta. Como una composición improvisada, honesta, sin partitura.
Nos contó del esfuerzo titánico del conservatorio, de los años en Venecia, de las siete horas diarias al piano, del miedo escénico, de la presión, del agotamiento… y de cómo, pese a todo, nunca se rindió.
Nos habló de «Musicarte», su proyecto, su refugio, su revolución silenciosa desde un pequeño local en Murcia. Allí enseña, guía, y siembra sensibilidad en generaciones que necesitan más que nunca volver a sentir. Porque para ella enseñar no es repetir escalas: es dejar huella. Es convertir la música en un legado.
Pero quizá lo más hermoso fue ver cómo, en cada frase suya, la vulnerabilidad y la fuerza convivían sin contradicción. Habló del miedo a mostrar sus propias composiciones, de la crítica, de salirse del molde. Y sin embargo, ahí está ella, mostrando su alma a través de piezas como «Agua», «Sueño» o «Luz», escritas con la tinta invisible de las emociones verdaderas.
Entrevistarla fue recordar que aún hay personas que viven con coherencia. Que hacen de su arte no un medio, sino un fin. Que no buscan brillar, sino iluminar. Yanira no toca el piano: lo respira, lo siente, lo habita. Y quien la escucha, aunque sea por un instante, también.
Porque hay entrevistas que se olvidan, y otras que se quedan. Esta fue de las que se quedan.
