Se creyó el rey de su miseria, hasta que las drogas lo hundieron: speed, cocaína, paranoia, autolesiones…
Qué placer fue entrevistar a un alma tan cruda y tan humana como Jager.
En esta ocasión, nos sumergimos en un abismo de realidad —una de esas que arde, que grita, que no se maquilla. Entre sus palabras había fuego, en su mirada cicatrices, y en su alma… verdad descarnada.
Jager nos abrió su mundo sin tapujos, ese mundo que apesta a esquina, a miedo, a supervivencia. Nos habló con una sinceridad brutal del caos que vivió, de la separación temprana, del amor que nunca encontró, de cómo buscó refugio en la calle y terminó abrazando el lodo.
«He hecho mucho daño, demasiado,» dijo en un susurro que pesaba como plomo.
Y entre pregunta, silencio y respuesta,
íbamos entendiendo que no era delincuente, sino un niño que creció entre ruinas. Robaba, no por hambre, sino por el vicio de sentirse alguien.
Se creyó el rey de su miseria, hasta que las drogas lo hundieron: speed, cocaína, paranoia, autolesiones… y esa frase que nos dejó helados:
«El subconsciente es el mal.»
Durmió en suelos ajenos, sintió el filo de la marginación, y vio el rostro más vil de quienes deberían proteger.
«Cartagena, ciudad de droga,» afirmó sin pestañear, describiendo la corrupción como quien narra una escena habitual.
La luz le llegó tarde, pero llegó. Cuando no tenía ni agua ni dignidad, y su padre, como un último grito de amor, le estampó una verdad: o salías o te consumías. Desde entonces lucha con una moral férrea. Ya no pide perdón al mundo, se lo ofrece a sí mismo. Y en su música, en sus letras llenas de rabia y conciencia, vuelca todo lo que ha vivido. Porque Jager no canta, escupe verdad. No endulza nada. No finge. Ataca al sistema, despierta al dormido.
Para él, vivimos como ratas de laboratorio, pero aún hay tiempo para escapar del experimento.
“Si no luchas, no ganas.
Si no arriesgas, no vives.”
Así fue este momento. Entre calle y poesía, entre dolor y resistencia.
Una conversación que no solo escuchamos… la sentimos.
