“Mi compromiso es ser honesta en escena”, declara con una calma que estremece. 

Andrea Carrión: danza, raíces y la verdad que se mueve en el cuerpo

En medio de un teatro romano, donde las piedras milenarias aún susurran ecos de lo que fuimos, Andrea Carrión García aparece como un cuerpo en expansión, una conciencia que se funde con el espacio ancestral para revelarse a sí misma. La entrevista con ella no fue una simple conversación, sino una travesía por la memoria, el arte, la identidad y el cuerpo como altar sagrado. Una oda a la búsqueda de lo verdadero, lo esencial, lo que se esconde bajo las capas de palabras y gestos automatizados.

Estar en un lugar así —bello, majestuoso, con resonancias de eternidad— no la intimida; al contrario, la convoca. «No me hace sentir pequeña», confiesa, «me invita a expandirme». Andrea percibe esos lugares no como escenarios ajenos, sino como parte de su naturaleza. “Los hemos hecho nosotros”, dice, en alusión a una humanidad que, en su momento más inspirado, fue capaz de edificar belleza para la posteridad. Esa grandeza antigua, aún viva, le permite encarnar su propia grandeza interior, integrarla en su cuerpo, en su respiración, en su danza. Como si las ruinas hablasen, y ella las entendiese.

Andrea no bailó desde niña. No fue una de esas pequeñas prodigio que brillan desde temprano.

Su camino hacia la danza fue más bien una grieta, una vergüenza que, al romperse, reveló una verdad inesperada. En medio de un estilo que no encajaba con su esencia, ocurrió algo que cambió todo: dejó de pensar en los pasos, dejó de ser «Andrea Carrión García», y por un instante fue «algo más grande que yo». Sintió cómo el cuerpo podía tocar dimensiones que la palabra no alcanza, cómo la carne —aparentemente limitada— se convertía en canal de lo invisible. Fue entonces cuando comprendió que el arte no es forma, sino revelación. Que no somos solo hueso y músculo, sino también espíritu, energía, misterio.

Ahí nació su compromiso más profundo: ser verdadera. Y serlo no significa brillar, sino mostrarse tal cual una es, incluso si eso implica habitar el encierro, la tristeza, la parálisis. “Mi compromiso es ser honesta en escena”, declara con una calma que estremece. Y esa honestidad se vuelve, más que una técnica, un acto de resistencia. En un mundo donde las palabras se utilizan como máscaras y las apariencias se inflan hasta perder sentido, Andrea encuentra en el cuerpo el único lenguaje que no miente.

“El cuerpo nunca miente”, repite como un mantra. Por eso baila, porque ahí no hay trampa.

Para ella, la escena es una metáfora viva de la existencia. Un espejo amplificado donde lo íntimo se vuelve universal. Cuando sube al escenario, siente que algo le susurra: “Estás exactamente donde tienes que estar”. Es una especie de guía invisible que le recuerda que hay algo más allá del miedo, del juicio, de la mente que todo lo duda. Hay una verdad que habita en el movimiento, y a ella se entrega.

Andrea es profundamente fantasiosa. Su mente está poblada por criaturas, animales, naturalezas oníricas. Pero también es realista. Sabe que el mundo, muchas veces, se presenta plano, gris, incluso insípido. Y esa tensión entre lo fantástico y lo crudo le da forma a su arte. Reconoce que habitar lo aburrido, lo incómodo, es necesario. Porque en lo anodino también hay verdad, también hay espejo. Hay que saber quedarse ahí, sin huir, para comprender lo que duele, lo que cuesta, lo que es.

Su visión de la cultura es un canto a la raíz. “No podemos ser nadie sin saber de dónde venimos”, afirma. Y esa frase resume su ética como artista. Para ella, la cultura es un legado que nos llama constantemente a reflexionar sobre lo que somos. Reivindica el valor de los ancestros, de los abuelos que construyeron el suelo que hoy pisamos. Lamenta que el siglo XXI haya roto tantos lazos con lo ancestral, y ve en ese corte una de las causas del vacío existencial contemporáneo.

Frente a una sociedad que idolatra lo inmediato, Andrea plantea la urgencia de honrar lo anterior, de entenderse como eslabón en una cadena, no como producto aislado.

Sobre el cuerpo, tiene una visión casi sagrada: no es solo instrumento, es criatura. Con identidad propia, lenguaje propio, necesidades propias. El cuerpo no es esclavo del arte, sino compañero. Y aunque sabe que el cuerpo cambia, se moldea y, a veces, se quiebra, también cree en la resiliencia del alma que danza. Ha visto bailarines sin piernas inspirar al mundo, y sabe que, llegado el caso, ella también atravesaría la crisis… pero no dejaría de bailar.

En cuanto a la mujer, Andrea habita un espacio híbrido. Se identifica como mujer, pero reconoce en sí misma una energía dual, que mezcla lo masculino y lo femenino. Ve que la sociedad está transitando un nuevo modo de vivir el género, aunque todavía hay resistencia. Aún hoy, una mujer poderosa, independiente, sigue siendo revolucionaria. Sabe, por experiencia, lo que significa no encajar. De adolescente, su naturaleza era disonante frente a las expectativas impuestas. Y eso la llevó a una crisis que hoy reconoce como una pista valiosa para reencontrarse con la niña que fue, la que siempre supo quién era.

La salud mental, en su vida, no es tabú. Viene de una familia donde ir al psicólogo se consideraba tan normal como ir al médico. Y esa naturalidad la convirtió en una mujer que se cuida, que no teme explorar sus sombras. Ve la terapia como un acto más de amor propio, como una herramienta vital para sostener la presión de una profesión que exige cuerpo, alma y mente. Rompe el estigma con serenidad, y alienta a ver la vulnerabilidad no como defecto, sino como oportunidad.

Al final de nuestra conversación, Andrea pronunció una frase que parece resumen de toda su filosofía: “La vida no es como te esperas, y eso es un tesoro”. No lo dice desde el desencanto, sino desde la gratitud. Porque en ese mapa que se desvanece, en esa ruta sin instrucciones, se esconde el verdadero viaje. El viaje hacia uno mismo. Y en esa incertidumbre, en ese salto sin red, se encuentra lo más puro: la improvisación, la verdad, la desnudez, la vida misma.

Andrea Carrión no solo baila: nos recuerda, con cada gesto, que aún podemos reconciliarnos con lo esencial. Que aún es posible vivir con raíz, con cuerpo, con verdad.

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