“Cartagena es una joya del Mediterráneo”, nos dijo, pero una joya con un reverso oxidado, porque mientras el Teatro Romano brilla para el turista, los vecinos de los barrios sobreviven al olvido.
Qué placer fue escuchar a Rafa. Qué regalo fue compartir con este bello humano una charla que nos llevó lejos, al corazón olvidado de Cartagena.
En esta ocasión, nos trasladó a un mundo rural cargado de realismo, humanidad y verdades que duelen. Entre sus palabras había polvo del camino, en su mirada, misterio; y en su alma, una lucidez sin filtros.
Este ser habló sin miedo de un mundo que se desmorona en silencio: un mundo periférico, caótico, y con olor a abandono.
Cada pausa suya parecía traer consigo años de experiencias guardadas en los bolsillos del alma.
Veterinario de vocación honda, caminante de la huerta y el campo, conocedor de los barrios que ya nadie pisa, Rafa puso voz a los lugares que no salen en los folletos.
Habló de la Cartagena olvidada, la que queda fuera del centro, donde el progreso no ha llegado o se detuvo hace décadas: San Antón, Los Dolores, Pozo Estrecho, La Palma… Lugares vivos que hoy agonizan ante la indiferencia.
“Cartagena es una joya del Mediterráneo”, nos dijo, pero una joya con un reverso oxidado, porque mientras el Teatro Romano brilla para el turista, los vecinos de los barrios sobreviven al olvido.
Rafa no solo denunció, también propuso.
Pidió a la alcaldesa, al gobierno local, a la oposición, que dejaran de lado el ruido político.
“Que las buenas ideas salgan adelante, sin importar de dónde vienen”, dijo con esa voz pausada que acaricia y golpea a la vez.
Y entre todo, una figura se hizo presente con luz propia:
Tomás Martínez Pagán. Rafa lo nombró con devoción, como se nombra a los hombres imprescindibles. “Más que un amigo”, aseguró.
Un ser humano capaz de unir campo y ciudad, empresa y cultura, fiesta y compromiso. Un hombre que ayudaba por ayudar, sin dobleces. Rafa pidió algo que nace del amor y la justicia: que Cartagena le rinda homenaje a Tomás. Una plaza, un monumento, un título. Una memoria viva para quien hizo tanto sin pedir nada. También tuvo palabras de cariño para Paqui, su compañera, a quien calificó de “excelente persona”, como si la grandeza de uno no pudiera contarse sin la bondad del otro.
Así discurrió este encuentro: entre la nostalgia, la denuncia y la esperanza:
Rafa, con su andar humilde y su mirada de sabio de campo, nos recordó algo esencial: que una ciudad no se construye solo con piedra ni cemento, sino con humanidad, memoria y equilibrio. Y Cartagena —nos dijo— aún puede florecer si recuerda a los que nunca la han olvidado.
