Fue subdirector general de prisiones y vivió los años más crudos del terrorismo de ETA.
Qué placer fue entrevistar a Manuel Avilés.
Un ser marcado por el deber y por la muerte que lo rozó tantas veces, pero también por la ternura de una infancia sostenida por manos de madre. En esta ocasión, nos trasladó a un mundo áspero y real, donde el bien y el mal se cruzan entre pasillos de prisión, amenazas veladas y expedientes humanos.
“Entre sus palabras había cicatriz, su mirada contenía misterio, y en su alma habitaba la verdad.”
Manuel no necesita adornos. Su historia los trae de serie. Fue subdirector general de prisiones y vivió los años más crudos del terrorismo de ETA. Lo supo el día en que los servicios secretos le dijeron: “Estás muerto.” Y, sin embargo, no lo estaba. O no del todo. Porque siguió adelante. Con escolta. Con coraje.
Una vez frustró un atentado con instinto, mirada firme y un revólver en la mano. Pero su verdadera salvación vino mucho antes, cuando su madre cosía para alimentar a seis hijos sin ayuda de nadie. Ella, su madre, fue su escudo más verdadero. La llama “la mejor persona que ha conocido”. La salvadora. La mujer que, de no haber existido, habría dejado a Manuel y sus hermanos en la cuneta de la delincuencia. Y entonces, cuando lo cuenta, todo lo demás —ETA, los años de plomo, los barrotes, el poder— se encoge. Porque su verdad más alta es esa mujer que lo sostuvo. Y a la que sigue queriendo como se quiere a una diosa.
Habló del sistema, de la injusticia, de cómo los pobres llenan las celdas mientras los ricos esperan sentencias en casa, respaldados por bufetes de mármol.
Dijo que el derecho natural es mentira, que la ley la fabrican los poderosos para mantenerse arriba.
Y que, aunque la ley española está bien escrita, los parches interesados la corrompen. Contó que no todos pueden ser rehabilitados. No los pederastas. Ni los grandes narcos. Ni los estafadores de alma. Pero sí algunos. Incluso algunos de ETA. Porque él ha visto lo peor. Pero también ha visto cambio.
Su destino más oscuro fue el psiquiátrico penitenciario. No por los internos, a los que llama “pobres desgraciados”, sino por los funcionarios que se olvidaron de ser humanos. Y aún le duele haber visto presos que mataron a sus madres. Porque él no concibe el mundo sin la suya.
Se blinda contra el alzhéimer con palabras. Se protege del olvido con libros. Y vive con una brújula ética clara:
“No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti.”
Dice que intentó siempre ser justo. Humano.
La vida es corta —nos dijo al final—. Hay que pasarla lo mejor posible, fastidiando lo menos posible. Y en ese gesto, sencillo y enorme, nos recordó que lo verdaderamente valiente no es sobrevivir al terrorismo.
Es no perder la ternura mientras lo haces.
