«Hay que educar también a las mujeres para que no hagan daño.»
«Entre sus palabras había filo, su mirada juicio, y su alma una verdad incómoda.»
Qué placer fue entrevistar a Marta. Una mujer firme, de mirada que no esquiva y verbo afilado. En esta ocasión, nos trasladó a un mundo tenso, contradictorio, cargado de memoria, leyes y heridas abiertas.
«Entre sus palabras había filo, su mirada juicio, y su alma una verdad incómoda. Se definió sin titubeos: antifeminista. Pero no como negación del valor de la mujer, sino como nostalgia de una caballerosidad que —según ella— hoy se ha perdido por miedo.
Ese miedo que, dice, paraliza a los hombres. Miedo a abrir una puerta, a lanzar un piropo, a invitar a cenar, a ser acusados sin defensa. Para Marta, hay países donde el feminismo aún es una urgencia vital —Irán, Afganistán, Somalia, Yemen—, pero en España, lo que ve es un extremo que desborda la razón.
Ella no lo calla: dice que aquí se ha pasado la línea. Habló sin temblores del marco legal, de las denuncias, del amparo que —según ella— protege en exceso a la mujer y desarma al hombre.
Dijo algo que muchos piensan en silencio: «El hombre está vendido. Una sola llamada puede arruinarle la vida.»
Y aunque reconoce el horror de la violencia de género y que «queda mucho por hacer», no deja de cuestionar los vacíos, los abusos del sistema, los plazos que permiten denunciar años después, cuando —según ella— el dolor real no debería esperar.
Nombró casos, nombró ejemplos, se mojó. Pero también pidió algo que pocos se atreven a decir en voz alta: «Hay que educar también a las mujeres para que no hagan daño.» ¡Para no usar la ley como arma. Para no manipular ni vengarse! Para que la justicia no sea una trinchera donde solo unos pocos puedan ganar.
Así fue transcurriendo esta entrevista como un bisturí: entre pregunta y silencio, entre mirada y confesión. Y ahí quedó su voz, como una piedra lanzada al estanque: incómoda, valiente, necesaria. Un instante de verdad en un mundo saturado de discursos prefabricados.
