No hay vecinos, no hay niños corriendo, no hay panaderías con alma ni librerías con polvo vivo. Solo restos, solares, un casco en ruinas. «Treinta años muerta», dice. Y lo que le queda.

En esta ocasión, Tomás Martínez Pagán nos trasladó a otro mundo: uno donde la nostalgia pesa, la lucidez corta como cuchilla y la pasión por la tierra se mezcla con un grito de advertencia. Entre sus palabras había magia, su mirada destilaba misterio, y su alma hablaba con una verdad sin concesiones.

Frente al Teatro Romano de Cartagena, ese coloso de piedra que recuerda a cada paso la grandeza que fue, se desarrolló un momento casi sagrado: pregunta, silencio y respuesta. Y en ese silencio a veces hablaba más la ciudad que el propio entrevistado.

Tomás es un hombre forjado en la empresa, sí, pero también en la contemplación de lo perdido. Retirado de la vida laboral al cien por cien, se mantiene vivo por su vínculo con Cartagena, esa ciudad que lo parió y a la que dice deberle todo. Una ciudad que, en sus ojos, se le presenta tan bella como deshabitada. Tan grandiosa como rota. Tan histórica como vacía.

«La falta de vida», repite como una letanía. El centro está muerto, sentencia, sin miedo ni ambages. No hay vecinos, no hay niños corriendo, no hay panaderías con alma ni librerías con polvo vivo. Solo restos, solares, un casco en ruinas. «Treinta años muerta», dice. Y lo que le queda.

Sus palabras dibujan una Cartagena en ruinas emocionales, donde los cruceristas pasean por unas horas y luego desaparecen como humo, llevándose la ilusión momentánea con ellos.

Nos habla del urbanismo como quien recita poesía trágica: construir fuera de la ciudad es expulsar la vida joven de su núcleo. Él imagina otra sinfonía: constructores, arquitectos y suelo unidos para restaurar el corazón urbano.

Tomás habla y sueña, pero también acusa. Denuncia la gestión política que no escucha, que no deja ser escuchada. Pide dirección, orquesta, partitura. “Cartagena necesita un gran director y un equipo que no desafine”, afirma, y la metáfora musical cobra fuerza en cada argumento.

Nos adentramos en su filosofía vital: el empresario como apóstol del riesgo, mientras la juventud busca el refugio seguro del funcionariado. Su lamento no es anticuado, es una llamada desesperada a la acción, al despertar de una sociedad que se disuelve entre pantallas y silencios digitales.

Y aún así, entre la crítica y la melancolía, palpita su amor por el cartagenero: hospitalario, noble, defensor de lo suyo. Como si dijera: «Todo está mal, pero aún hay esperanza porque hay gente buena».

Habla de gastronomía con el brillo de quien ha amado mucho. Lo pequeño, lo local, el asiático, los michirones, un vino con historia. Su voz se torna festiva, como si por unos minutos la ciudad resucitara en un brindis.

El mensaje final es rotundo: “Luchen. Esfuércense. Sean los mejores. Nadie vendrá a salvarlos.” Una frase que más que consejo suena a legado.

Tomás Martínez Pagán no quiere monumentos, ni homenajes. Solo dejar la huella de alguien que entregó lo que pudo, con la esperanza de ver renacer la ciudad que amó.

Y mientras hablaba, Cartagena parecía escucharnos. O tal vez llorar.

Porque este bello humano, en su crítica descarnada, no hace otra cosa que amar. Amar hasta el dolor. Amar hasta que duela.

¡Y pedir, con voz firme y mirada clara, que Cartagena vuelva a estar viva!

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