Nena, la Memoria Viva: Colores Republicanos, Lucha y el Peso del Pasado
Qué placer fue entrevistar a tal bello humano. En esta ocasión, Nena nos trasladó a otro mundo: uno donde la historia no es pasado, sino presente vivo, y donde la verdad se dice con el corazón abierto. Entre sus palabras había magia, su mirada contenía misterio, y su alma, verdad. Este ser nos habló sin miedo de un mundo caótico y a veces muerto, con olor a putrefacto. Así fue transcurriendo el momento magistral: pregunta, silencio y respuesta.
Nena se presentó como una voz apasionada, portadora de una memoria afilada y lúcida. Sentada con la serenidad que dan los años y la fuerza que otorga la experiencia, desgrana con claridad sus pensamientos sobre la bandera republicana, la política y las heridas abiertas de una historia reciente que sigue pesando sobre el alma colectiva.
Para ella, la bandera tricolor que aún ondea en algunos corazones representa los verdaderos valores de España. No fue una elección cualquiera: fue elegida por el pueblo, con ansias de cambio y con una esperanza que aún resuena. Recuerda la partida del rey como un símbolo de ese cambio: “se marchó de España sin que pasara nada, sin que nadie lo matara… voluntariamente”, embarcando desde el puerto de Cartagena. Aquel momento, aunque pacífico, le dejó una huella íntima. Su madre, monárquica, fue a recibir los restos del rey y, entre la multitud, lloró.
Con franqueza y sin rodeos, Nena habla también de la política actual. Se declara zurda, convencida, y defiende al PSOE con una frase que encierra la esencia de su compromiso: “Nuestro partido tiene 145 años de historia; no está hecho para gobernar, está hecho para luchar.” Añade que cuando toca gobernar, se hace, pero la lucha es siempre su lugar natural. Esa visión combativa atraviesa cada una de sus reflexiones.
No evita la confrontación ideológica. Habla, con una mezcla de ironía y dolor, de lo que llama la nueva casta: el “facha pobre”. Relata escenas cotidianas que ilustran la tensión latente, como su encuentro en Mercadona con una joven que portaba la rosa del PSOE y se declaró socialista, o la incomodidad que sintió con un instalador que le pareció “facha”. Nena observa la sociedad con un ojo crítico, pero siempre desde la experiencia.
Y es en sus recuerdos donde el relato toma una hondura conmovedora. Evoca la pobreza extrema de su infancia, durante la Guerra Civil y los años de hambre que la siguieron. Su madre, figura central en su vida, se levantaba cada día preguntándose qué debía vender para alimentar a sus hijos. Habla del racionamiento, del aceite vendido al extraperlo, y de cómo la abuela cocinaba con manteca de cerdo. Escenas crudas que retratan una época que muchos han olvidado, pero que ella guarda intacta.
Reflexiona sobre la libertad conseguida a costa de tanto dolor, recordando las palabras de Tierno Galván: “La libertad que ahora tenéis ha costado mucha sangre, mucho dolor y muchas lágrimas.” Y advierte a los jóvenes: “Podéis perderlo, y cuando se pierde es muy duro volverlo a recuperar.” Compara la libertad actual —de jóvenes que salen de noche y regresan tarde— con la suya o la de su hija, que debía estar en casa a las diez.
También critica la obsesión moderna por el verbo “tener”. Reconoce haber caído en ese error: acumular, comprar, llenarse de cosas. Confiesa que, al mudarse, comprendió lo innecesario de muchas posesiones. Cree que esa ansiedad por poseer daña a las personas, y menciona que hay psicólogos tratando a quienes han sido arrastrados por ese ansia.
A pesar del dolor que la acompaña —un dolor reciente que aún no cicatriza—, Nena decide quedarse con lo bueno. Con el amor. “El amor, el amor… ese calor del amor de la gente de uno y mío hacia ellos.” Se lamenta por haber sido, a veces, brusca, por no haber tenido siempre suficiente caridad con los demás. Considera el desamor un pecado grave.
Nena es, sin duda, una testigo lúcida de nuestra historia, una voz que sigue gritando con dignidad y ternura. Nos recuerda el valor de la lucha, el precio de la libertad, y la fuerza de unos valores que para ella están firmemente ligados a los colores de una bandera.
