Tolo Ortógrafo

Denuncia las carencias del sistema educativo: infraestructuras “vergonzosas”, falta de profesores y psicólogos, la burocracia asfixiante y la ausencia de materias esenciales —nutrición, finanzas o inteligencia emocional— que él tuvo que aprender por su cuenta.

La docencia, para él, es un “mundo bestial” y una responsabilidad colosal. Defiende que un docente debe seguir siendo alumno, absorbiendo aprendizajes de sus estudiantes y de sí mismo. Denuncia las carencias del sistema educativo: infraestructuras “vergonzosas”, falta de profesores y psicólogos, la burocracia asfixiante y la ausencia de materias esenciales —nutrición, finanzas o inteligencia emocional— que él tuvo que aprender por su cuenta. Sus pilares de la buena educación son claros: empatía, expresión, escucha, observación y pensamiento crítico. Y no duda en afirmar que la mayor inversión de un país es en sus seres humanos, no en la tecnología.

Su visión de la sociedad oscila entre lo maravilloso y lo catastrófico. Le horroriza el odio y el acoso implacable en el entorno digital. En 2020, llegó a temer que solo un colapso total trajera el cambio; aquella idea lo desarraigó, pero hoy la comprende como parte de un todo sistémico. La urgencia, reflexiona, no es “salvar el planeta”, sino salvarnos a nosotros mismos, reconociendo nuestra frágil posición en el vasto tapiz de la vida.

Los valores inamovibles de Tolo son la expresión, el diálogo, la comprensión y la introspección, junto a la simpatía de sonreír con calma. Se define como un “asocial con don de gentes”: no encaja en la masa, pero abraza al individuo. Para él, el espíritu humano es la fuerza vital que nos empuja a entregarnos con pasión, fe y constancia a lo que amamos.

Antes de subir a un escenario o entrar en un aula, su preparación es mental: medita, visualiza gestos, entona su voz. Sin embargo, la verdadera brújula es la improvisación y la adaptación: el ritmo lo marca la gente. Lo aprendió el primer día de un taller de rap, cuando los alumnos dejaron de escuchar teoría para lanzarse a rimar.

De la vida, Tolo atesora su bagaje de vivencias, personas y lugares. Y, sobre todo, la fuerza que brota del encuentro con la muerte. La finitud hace más valioso el presente; como parte de un ciclo mayor, encuentra en ella una calma serena. Su consejo a quienes persiguen un sueño es tan directo como el latido de su verso: “Ir a tope. Primero tú y para adelante”, con fe en uno mismo y en la pasión que da sentido al camino.

Cuando la conversación se despide, pide un poema. Y su voz, ya afinada por mil ritmos, entrega un texto que transciende lo personal: habla de separación y reencuentro, de siluetas que se disuelven para dar paso a un árbol, de frutos que generan gusanos, de mariposas y gorriones, hasta que, quizás, volvamos a ser huéspedes en el estómago de ese voladero. Un hermoso ciclo sin fin, como la palabra que, en manos de Tolo, vive y renace.

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