Héctor magaña nos ha enviado una reseña sobre este libro. Os la dejamos por aquí (el texto no ha pasado por procesos de corrección):
Alétheia y maternidad: un (des)ocultamiento de la vida
Tagle, T., Germinal. Lumen: México, 2023, pp. 155.
En un fragmento de Heráclito se lee que a la naturaleza le gusta ocultarse, y es, en el libro de Tania Tagle (Ciudad de México, 1986), Germinal, donde podemos ver el ejercicio de des-ocultamiento (alétheia). En el libro de Tagle lo monstruoso, lo milagroso y lo maravilloso se conjugan para iluminar los procesos del embarazo, el
parto y la crianza.

El libro se divide en tres partes:
(1) “Monstrat futurum monet voluntatem deorum”.
(2) “Miracula et mirabilia”.
(3) “Thauma”, junto con un prefacio y un epílogo.
El tema recurrente de este libro de ensayos es el miedo a dar vida. Un miedo radical. Estamos lejos del miedo a la vida, del miedo a la existencia, o, incluso, del miedo al “ser”. El miedo a dar vida es un recordatorio de que la vida “nos es dada”, y que al momento de reproducirnos, “damos”. El terror se nota: la vida no es fin, sino la intersección entre un “recibir” y un “dar”. En medio, el ser humano, en medio la mujer, en medio la madre. “El silencio de los espacios infinitos me aterra”, declara Blaise Pascal. Silencio de pre-existencia y silencio de muerte, pero, ¿qué hay del silencio del devenir en vida? Solo una madre conoce ese silencio, declara Tagle. Para
ilustrarlo la autora se apoya en tres conceptos guía: el monstruo, el milagro y la maravilla.
“Cada mujer se expande a su manera, se vuelve alberca, tanque acuático, con un diámetro y unas dimensiones distintas.” El agua como elemento de la vida es el más conocido a lo largo de la historia. Está en el Génesis: “(…) todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios se movía sobre el agua.” (1, 2). El agua es por antonomasia el elemento de la creación. El feto es renacuajo, pez, batracio, anfibio… y quizás ahí radica su monstruosidad, pero Tagle advierte: “El monstruo no atrae la catástrofe, ni es por sí mismo la catástrofe. Nos advierte sobre ella pero no sabemos escuchar.”
El monstruo nos quiere comunicar algo. “El monstruo siempre anuncia”, “(…) es un principio, una interrupción”. Pero, ¿quién es este monstruo que “aparece”, que “anuncia” e “interrumpe”? Es el monstruo que al final vuelca la atención en un posible, en un Otro. Un Otro que se desarrolla en la oscuridad de lo inconmensurable y que tiene lugar en la vida misma, en el cuerpo, en el vientre.
Lo monstruoso del Otro involucra una ruptura (“insurrección”). Primero de un ciclo, después con lo divino y con lo natural. El monstruo aparece, más tarde, como el producto de haber “exorcizado” lo perverso en lo natural, pero con el resultado de que ese Otro no es distinto a lo natural, no es distinto “a mí”: “Lo más terrible de los monstruos es lo mucho que se nos parecen, no importa cuánto intentemos desmarcarnos de ellos.” Surgen las preguntas: “¿Hay una zona liminal en la que, por ejemplo, la belleza extraordinaria linda con la anormalidad? ¿Es el monstruo un exceso? ¿Un desacato?” ¿Cuántas intersecciones de desobediencias son necesarias para dar a luz a un monstruo?
La autora aborda el milagro de “dar a luz” en la segunda parte de su libro. La “luz” se manifiesta a través del mito bíblico, donde la luz y la palabra se fusionan. “La irrupción de la palabra, en el Génesis, revela la existencia del tiempo. El mundo no apareció convocado por el lenguaje, sino que se manifestó a través de él. La luz no se hizo al pronunciarla, pero se significó”. Por ello el nombre del hijo se pronuncia como conjuro, como sortilegio de la existencia. He aquí lo milagroso de la vida: la que germina en los acuíferos pozos de la corporalidad y se manifiesta a través de la luz de la palabra.
Tania Tagle a lo largo de este libro no olvida que la existencia es un acto divino y que en ello radica lo múltiple (dioses griegos, romanos, aztecas, celtas, nórdicos o mitología hebrea). Hay un motivo cabalístico en este apartado. “Ningún hombre tiene parte de lo sagrado a menos que crea que todo lo que ocurre es un milagro”
(Nahmánides).
En el libro de Tagle vemos también entrecortados episodios de la propia experiencia de la autora. Lejos de que sean unos simples pasajes anecdóticos, Tagle nos muestra como en el cuerpo se desarrolla la creación y lo que conlleva. En ella misma se conjugaba el caos y el cosmos y, tal como nos recuerda el filólogo y helenista Werner Jaeger, la antítesis entre ambos es un invento moderno. Tagle supo alumbrar el saber antiguo para reflejarlo en los misterios de la vida, de la gestación. Ese misterio es enorme, es casi infinito. He ahí lo milagroso. Recuerda, en este caso a Leibniz: “La individualidad contiene en sí misma, por decirlo así, lo infinito en germen.”
“El hijo no me atraviesa, me erosiona. No viene a través de mí, sino a expensas de mí.” La vida surge, entonces a expensas del agua, la erosiona. Después vienen la respiración, los pulsos, los pasos… La maternidad tiene algo de divino, recuerda a las meditaciones cabalísticas, donde en cada emanación la creadora se contrae, se retrae. ¿Qué puede hacer desde el retraimiento? Mirar el milagro (Pitagóras) o apreciar lo revelado (Aquino). Al final, tal como sugiere san Agustín, el nacimiento y la resurrección son de la misma naturaleza naturaleza. Lo vemos todo el tiempo. Todo nace y “resucita”: plantas, animales, estaciones, períodos. La naturaleza, entonces, se revela como maravillosa (thauma).
Para Platón y Aristóteles la admiración y la perplejidad (thauma) son impulsores de la sabiduría. Una perplejidad que inicia con Tales de Mileto y llega a su máxima expresión con Platón. Para Tagle este asombro suscita una cuestión: “¿No es ese asombro, surgido precisamente de encontrarse frente a un paraje oscuro del conocimiento, exactamente lo contrario de ‘dar a luz’?” La respuesta socrática de Tagle es que el cuerpo germina y da a luz del mismo modo que el filósofo germina y da luz a las ideas. La “oscuridad” es condición inicial, no su conclusión. “Algo en lo que se parecen la maternidad y la filosofía es que en ambas se trata de dudar. Para hacer filosofía hay que renunciar a todo lo que se sabe, igual que para criar”. Maternidad (y teología) negativa.
El “thauma” de la maternidad no concluye en la crianza. El hijo se vuelve una mónada para la madre. “Así donde una madre ha querido ver autonomía, el hijo ha visto despojo:” El “thauma” se vuelve hacia el Otro. El libro concluye como concluye la vida: “Yo no creo que exista una preparación para la muerte, pero si existiera, no vendría de la filosofía, sino de las mujeres que criamos.” Así se cierra este breve y
denso libro de ensayos, recordando, como el personaje de Margarita en el Fausto de Goethe, que lo femenino se eleva por lo alto para observar el fenómeno (monstruoso, milagroso y maravilloso) de la vida.
