En esta edición especial, les presento con gran entusiasmo un podcast que tuve el privilegio de grabar. Fue una conversación filosófica profunda y sin restricciones, un encuentro íntimo con el fotógrafo que está redefiniendo las tendencias en el ámbito fotográfico tanto nacional como internacional, con su cámara a cuestas, siendo uno con esta. El renombrado Saif Loukah se expresa con valentía y transparencia, compartiendo abiertamente sus emociones y reflexiones. Abordamos temas de gran calado como la tragedia en Palestina, la crítica a una sociedad desprovista de alegría, la esencia de la fotografía y el poder del silencio. Profundizamos en la educación, la inevitabilidad de la muerte y la influencia de los progenitores.

¿Una sociedad apática?

En un mundo donde el horizonte parece teñirse de un gris monótono, la sociedad camina con pasos mecánicos por las calles del desencanto. Los sueños, una vez faros de esperanza y ambición, ahora yacen en el olvido, cubiertos por el polvo de una realidad que no perdona la audacia de aspirar.

Los rostros que se cruzan en la multitud reflejan una apatía profunda, ojos que no brillan, miradas que no buscan más allá del próximo amanecer. La rutina se ha convertido en el gran titiritero, moviendo los hilos de existencias que se deslizan por la vida sin dejar huella, sin atreverse a desafiar el status quo.

Pero incluso en este paisaje desolado, hay quienes se resisten a ser arrastrados por la corriente de la indiferencia. Son los soñadores silenciosos, los rebeldes del alma que, en la quietud de la noche, susurran a las estrellas sus deseos más íntimos. Ellos saben que la chispa de la pasión aún arde, esperando el soplo que la avive y convierta en un incendio capaz de iluminar nuevos caminos.

¿Amor por Marruecos?

En las calles estrechas de Marruecos, donde el aroma de las especias se entrelaza con el viento, donde los colores vibrantes pintan los muros,
y las mezquitas susurran plegarias al firmamento.

Marruecos, tierra de encanto y misterio, donde los zocos bulliciosos despiertan los sentidos, y las dunas del Sahara se extienden como un lienzo, donde el amor se teje en los hilos del destino.

En Fez, la ciudad de los mil minaretes, las callejuelas esconden secretos ancestrales, y los patios de los riads guardan sus promesas, donde los corazones se encuentran en los umbrales.

En Marrakech, la plaza de Djemaa el Fna, donde los cuentacuentos y las danzas se entrelazan, y las estrellas observan los amores furtivos, donde los labios se rozan bajo la luna que abraza.

Y en Chefchaouen, la ciudad azul como el cielo, donde los amantes se pierden entre callejones, y las montañas del Rif susurran melodías antiguas, donde el amor florece como las flores en los balcones.

Marruecos, en tus rincones de luz y sombra, donde los corazones laten al ritmo de las estrellas, te dedico estas palabras, un suspiro en la brisa, porque en tus callejones, el amor siempre destella.

Amor para palestina

En los confines de la tierra, donde el sol se alza sobre las colinas de Palestina, florece un amor inquebrantable. Es un amor que se arraiga en la historia, en la lucha y en la resistencia. Es un amor que no se rinde ante las balas ni se desvanece bajo el estruendo de los bombardeos.

Amor a Palestina, tejido en la memoria de generaciones, como las olas que besan la costa de Gaza. Es el amor de las madres que acunan a sus hijos en refugios subterráneos, susurrándoles cuentos de esperanza mientras las sirenas aúllan en el aire. Es el amor de los padres que plantan olivos en la tierra marcada por la ocupación, aferrándose a la promesa de un futuro libre.

En los callejones de Nablus y las calles de Ramala, el amor se manifiesta en grafitis y murales. Las paredes hablan de resistencia, de intifadas y de la lucha por la autodeterminación. Cada trazo es un grito silencioso: «Somos más que víctimas, somos supervivientes».

Los corazones palestinos laten al ritmo de la Nakba, la catástrofe que los expulsó de sus hogares en 1948. Pero también laten con la esperanza de regresar, de ver ondear la bandera en Jerusalén Oriental, de abrazar a los olivos ancestrales y de reconstruir lo que fue destruido.

El amor a Palestina no es ciego; ve las cicatrices en los cuerpos de los niños heridos por balas de goma. Siente la ira ante los muros de separación que dividen familias y fragmentan comunidades. Pero también es un amor que persiste, que se alza como un minarete en la noche, llamando a la resistencia y a la solidaridad.

En los campos de refugiados de Jenin y en los campos de cultivo de Hebrón, el amor se entrelaza con la tierra. Cada piedra, cada raíz, lleva la huella de aquellos que se aferran a su identidad. Es un amor que desafía las políticas de ocupación y los tratados injustos. Es un amor que se niega a ser borrado.

Así que aquí estamos, desde todos los rincones del mundo, alzando nuestras voces en solidaridad. Amor a Palestina, amor a su gente valiente, amor a la resistencia que persiste en medio del caos. Que este amor sea nuestro faro, nuestra brújula en la oscuridad. Que nunca dejemos de defenderla, de alzar la voz por la justicia y la paz.

Porque el amor a Palestina no es solo un sentimiento; es una promesa de que no seremos cómplices del silencio. Es un compromiso de luchar por un futuro donde los niños puedan jugar sin miedo, donde los olivos crezcan libres y donde la dignidad humana prevalezca sobre la opresión.

Amor a Palestina, en cada palabra, en cada lágrima, en cada bandera ondeando contra el viento. Que nunca se apague.

A continuación la entrevista donde se habló de estos temas y muchos más:

Textos citados de autor anónimo.

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