Hoy os queremos dejar por aquí algunos textos de nuestra compañera Luisa Vázquez, y queremos invitaros a que sigáis su blog para conocerla mejor.
«Llueven lágrimas marchitas. Dedos invisibles, sucios de barro, dejan churretones negros en todas las superficies a su alcance. El mundo se desdibuja entre nebulosas húmedas mientras, las almas pequeñas, sueñan sueños de Dioses provocados por el espejismo de la cercanía del cielo, que parece concedernos el privilegio de tocarlo.
Volutas de vapor suben del suelo reseco por el calor, que se bebe con avidez y rapidez pasmosa las gotas que caen para premiar su perseverancia de permanecer, a pesar de las agresiones, siempre en el mismo sitio.
Pequeños ríos, con aspiraciones de manantial, corren por aceras y carreteras. Como viejos Piratas, arrastran detritus convertidos en botines, esos variados objetos que los humanos abandonan al caminar como babas de caracol.
El bramido de las cortinas de agua insuflan sentimientos de limpieza, de baño ritual con el que purificar al mundo y también, eliminar los pecados de los sueños sudorosos en las noches ardientes.
Pero todo es un engaño cruel. En minutos el sol volverá a abrasar sus dominios.
Tormenta de verano».
—Luisa Vázquez
«Mírame a los ojos y dime que me desprecias.
Mírame a los ojos y dime que me amas. O que me quieres. Pero que no me valoras.
Mírame a los ojos y dime que crees que soy incapaz de decidir por mi misma.
Mírame a los ojos y dime que sin tu tutela mi vida iría a la deriva.
Mírame a los ojos y dime que sin tu criterio sería una máscara ridícula, un payaso patético.
Mírame a los ojos y dime que sin tu control sería una manirrota y todos me engañarían.
Mírame a los ojos y dime que me calle, que no entiendo, que no sé de lo que hablo, que no sé lo que digo.
Mírame a los ojos y dime que el castigo es una enseñanza que tienes el deber de impartir.
Mírame a los ojos y dime que tengo que estar agradecida de que alguien como tú quiera estar conmigo.
Y ahora, gírate, mira hacia la puerta.
Sal por ella, no vuelvas y no me mires más a los ojos».
—Luisa Vázquez
«Te lo advertí cuando me quemó la indiferencia de tu mirada.
Te lo supliqué cuando el frío de tus manos me heló la piel.
Mi llanto te molestó cuando fui incapaz de volver a atrapar tus labios esquivos.
Ya no estabas y la soledad, sedienta de tu compañía, de tu olor, del eco de tu voz, me atenazó por dentro hasta hacer sangrar mi corazón.
Te lo pedí. ¡Espera!
Haz tu vida, no me importa, pero…¡Espera!
No me mates todavía, déjame respirar un día más. ¡Espera!
Me vuelvo loco. Por favor…
¡Espera!»
—Luisa Vázquez
«No hay fisuras, la luz no entra por ningún sitio. Busco desesperada el más mínimo resquicio por donde introducir los dedos, pero no lo encuentro. Rasco con las uñas el techo angustiosamente cercano a mi cara, pero las siento romperse sin conseguir hacer ni una sutil muesca. Empujo hacia arriba con toda la fuerza de mis brazos. En el espacio reducido donde me encuentro, intento flexionar las piernas, apoyar los pies en aquello que no veo pero que hace rebotar mi aliento, y apretar. ¡Pero no tengo sitio!
Toco con las manos el cubículo para hacerme una imagen mental de su forma y llego a la conclusión de que es una caja estrecha y alargada. Doy golpes con los puños y el sonido ahogado que oigo me dice que está recubierto de algo que lo amortigua y no lo deja salir. Todo lo que está dentro, está atrapado igual que yo.
La angustia y el terror se apoderan de mí. ¿Dónde estoy y cómo he llegado a aquí?
No consigo recordar nada. La única imagen que me viene a la mente es la cara triste de mi madre que me mira y dice: “Te quiero, hija mía”
Sollozo, llamándola a gritos que, igual que todo lo demás, no consigue atravesar las paredes de la prisión.
Y de repente me doy cuenta. No lo había notado hasta entonces. ¡No estoy sola!
Oigo el sonido de algo que se arrastra a mi alrededor y el eco de minúsculas mandíbulas que mastican, mastican, mastican…
Me acaricio la cara que noto tensa y en la oscuridad, consigo distinguir como la piel se ha quedado enganchada a mis dedos. Estos aparecen descarnados, hinchados y azules.
Con el movimiento, una nube de moscas zumban en mis oídos. Intento taparme las orejas para no escuchar pero estas ya no existen.
Y, sin yo quererlo, un grito escalofriante se abre paso en mi cerebro:
«¡ESTOY MUERTA!»»
—Luisa Vázquez

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