La primera vez que tuve conocimiento sobre Stefan Zeweig fue porque, su nombre, surgió en una búsqueda en Google que nada tenía que ver con él excepto una cosa, la palabra “suicidio”.
Stefan Zeweig era un escritor austríaco de origen judío. Huyó de Austria cuando Hitler llegó al poder. Viajó por varios países y conoció a las mentes más privilegiadas de la época, Einstein entre ellos. Consiguió en vida un gran éxito como escritor, sobre todo en su vertiente de biógrafo, siendo su libro sobre María Estuardo objeto de grandes elogios. Pero en su alma había anidado un sentimiento de pena, de desarraigo, derivado de considerarse un apátrida, que jamás desapareció. En 1942, tras el avance y las victorias de Hitler en la guerra de Europa, una visión fatalista se apoderó de Stefan Zeweig. Pensó que quizá los demonios del ejército fascista tendrían la capacidad de dominar el mundo y acabarían con lo único que alimentaba su espíritu, la literatura. Por eso se suicidó junto a su mujer en la ciudad brasileña donde vivían en aquel momento.
Su carta de suicidio decía lo siguiente:“…Pero comenzar todo de nuevo cuando uno ha cumplido 60 años, y mi fuerza se ha gastado al cabo de años de andanzas sin hogar. Prefiero, pues, poner fin a mi vida en el momento adecuado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal, su más preciada posesión en esta tierra.Mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos”
Hasta aquí la biografía oficial.
A mí, personalmente, me asombró esa coherencia patibularia y quise conocer algo de su obra. La mejor manera de entender el por qué de la actitud de un escritor es leer sus libros porque, por muy alejado que esté el tema de si mismo, los textos se escriben con la cabeza y con el corazón, por tanto, siempre hay una parte del autor en todo aquello que escribe. Por eso decidí no irme a los títulos de más éxito, elegí algo más pequeño, más íntimo.
Y compré “Carta de una desconocida”.
No es una novela sino, más bien, un relato largo, de unas 60 páginas, que leí seguido, en una tarde. Pero se convirtió en un dardo directo al corazón, al alma.Una de las condiciones de los humanos es enamorarnos alguna vez de quien no debemos y que, además, no nos corresponde. Eso nos llena de anhelos que no podemos satisfacer y que nos atormentan, la necesidad de una mirada, una palabra, un roce por parte de ese ser amado que es ignorante de nuestros sentimientos. Pero si llegamos al punto de serles fieles e incondicionales durante toda nuestra vida. Que él nos de eso que deseamos con todas nuestras fuerzas y que luego nos olvide, que no recuerde nuestra cara ni el contorno de nuestro cuerpo que recorrió con pasión y, aún así, la lealtad y el amor perdure para siempre en nuestro interior, nos da una dimensión de la honradez de su autor.
Su narrativa es sobria y elegante, llega hasta lo más profundo y nos describe a todos en los sentimientos que deja al descubierto, por muy descarnados que sean.
He comprado “María Estuardo”. Ya os contaré.
@Luisa Vazquez Velez

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